Mala suerte...(Final)
Como un relámpago el pensamiento corrió por todos. Llegaron a la misma conclusión. Espontáneamente se arrodillaron, elevaron sus manos y caras al cielo, gritaron, pidieron, suplicaron ayuda. De pronto, el aire se agitó violentamente, y a lo lejos en el firmamento se observaron unas figuras blancas que se acercaban y cambiaron a grises, después a negras mientras se posaban sobre el pueblo, majestuosas y amenazantes al mismo tiempo. Repentinamente un gran destello de luz cegó a las asustadas personas que estaban mudas ante aquel espectáculo y en seguida un estruendo surgido entre las nubes los paralizó por completo. Sin que lo notaran una solitaria gota de agua viajó desde lo alto para estrellarse en el seco suelo que la bebió desesperadamente, luego, otras gotas cayeron y desaparecieron inmediatamente. Cada vez eran más y más y más ¡Era lluvia! Realmente estaba lloviendo. Los sorprendidos campesinos no sabían que hacer. Los niños más pequeños tenían miedo pues no sabían que sucedía pero al ver el regocijo de sus padres comenzaron a reír y bailar. Todos abrían la boca para beber y constatar que no era un sueño. Y en verdad, no lo era.
Nuevamente se arrodillaron, esta vez para agradecer el milagro, alababan, cantaban, casi gritaban. Pero la ambición se apoderó de sus almas. No contuvieron sus demandas y pidieron más. Desearon tener la cosecha más grande de la región y en los huertos y parcelas comenzaron a crecer maíz, fríjol, zanahorias, papas y lechugas. Los árboles retoñaron y se cubrieron con peras, manzanas, duraznos y ciruelas. Era hermoso ver como crecían las plantas.
Una vez más agradecieron, pero la tentación fue más grande y oscureció sus almas, y ahora la gente pedía dinero, mucho dinero, deseaban ser el poblado más rico de la región, ser poderosos, tener y ser lo que nunca antes imaginaron. Y de pronto dejo de llover.
Un silencio se apodero de el cielo y las nubes. Todo seguía oscuro y frío, pero esta vez era diferente. La situación se prolongó durante algunos minutos. Los lugareños se encontraban esperando en suspenso. No sabían que iba a suceder. ¿Acaso podrían sus plegarias ser escuchadas una vez más? ¿Podrían contemplar otro milagro?
Inesperadamente un relámpago partió desde el mar de nubes que se posaban sobre ellos. Los campesinos sin saber que pasaría mantenían en expectativa sus corazones. De pronto una moneda cayó del cielo. Aquellas personas no lo podían creer ¡Se cumplió su deseo! Realmente era una moneda de oro. ¡Llovía dinero! Pero esta vez no agradecieron. Estaban muy ocupados en recoger las monedas como para recordar de donde habían llegado. En ese momento caían más monedas, la lluvia fue incrementándose cada vez más y comenzaron a destruir el pueblo. Aquellos doblones surcaban el abismo entre las nubes y los techos de las casas, perforándolos cuando chocaban contra ellos. Uno a uno los jacalitos fueron derrumbándose creando un espantoso ruido que sacó de su indiferencia a los ingratos campesinos. Solo les tomo un momento para percatarse la situación y el terror se apodero de ellos. Comenzaron a gritar y a correr de un lado hacia otro. No había un refugio seguro, las casas se desmoronaban, los corrales caían, hasta la imponente cúpula de la iglesia comenzó a ceder. Bastaron solo un par de minutos para que se deshicieran las plantas que milagrosamente crecieron. La gente comenzó a caer herida de muerte con monedas incrustadas en el cráneo o la espalda. La lluvia de metal arrasó todo en unos minutos. Solo un tapiz dorado que cubría la tierra permaneció como testigo mudo de aquel castigo.
Fue un fin extraño para un pueblo que vivió en la miseria y el olvido durante toda su historia. Nadie se entero que existía, ni de como desapareció. Ahora la el polvo cubre lentamente las monedas que cayeron del cielo y en algunos años no habrá vestigio alguno del pueblo del que nadie sabía nada.
¡Que mala suerte!
FIN.
Nuevamente se arrodillaron, esta vez para agradecer el milagro, alababan, cantaban, casi gritaban. Pero la ambición se apoderó de sus almas. No contuvieron sus demandas y pidieron más. Desearon tener la cosecha más grande de la región y en los huertos y parcelas comenzaron a crecer maíz, fríjol, zanahorias, papas y lechugas. Los árboles retoñaron y se cubrieron con peras, manzanas, duraznos y ciruelas. Era hermoso ver como crecían las plantas.
Una vez más agradecieron, pero la tentación fue más grande y oscureció sus almas, y ahora la gente pedía dinero, mucho dinero, deseaban ser el poblado más rico de la región, ser poderosos, tener y ser lo que nunca antes imaginaron. Y de pronto dejo de llover.
Un silencio se apodero de el cielo y las nubes. Todo seguía oscuro y frío, pero esta vez era diferente. La situación se prolongó durante algunos minutos. Los lugareños se encontraban esperando en suspenso. No sabían que iba a suceder. ¿Acaso podrían sus plegarias ser escuchadas una vez más? ¿Podrían contemplar otro milagro?
Inesperadamente un relámpago partió desde el mar de nubes que se posaban sobre ellos. Los campesinos sin saber que pasaría mantenían en expectativa sus corazones. De pronto una moneda cayó del cielo. Aquellas personas no lo podían creer ¡Se cumplió su deseo! Realmente era una moneda de oro. ¡Llovía dinero! Pero esta vez no agradecieron. Estaban muy ocupados en recoger las monedas como para recordar de donde habían llegado. En ese momento caían más monedas, la lluvia fue incrementándose cada vez más y comenzaron a destruir el pueblo. Aquellos doblones surcaban el abismo entre las nubes y los techos de las casas, perforándolos cuando chocaban contra ellos. Uno a uno los jacalitos fueron derrumbándose creando un espantoso ruido que sacó de su indiferencia a los ingratos campesinos. Solo les tomo un momento para percatarse la situación y el terror se apodero de ellos. Comenzaron a gritar y a correr de un lado hacia otro. No había un refugio seguro, las casas se desmoronaban, los corrales caían, hasta la imponente cúpula de la iglesia comenzó a ceder. Bastaron solo un par de minutos para que se deshicieran las plantas que milagrosamente crecieron. La gente comenzó a caer herida de muerte con monedas incrustadas en el cráneo o la espalda. La lluvia de metal arrasó todo en unos minutos. Solo un tapiz dorado que cubría la tierra permaneció como testigo mudo de aquel castigo.
Fue un fin extraño para un pueblo que vivió en la miseria y el olvido durante toda su historia. Nadie se entero que existía, ni de como desapareció. Ahora la el polvo cubre lentamente las monedas que cayeron del cielo y en algunos años no habrá vestigio alguno del pueblo del que nadie sabía nada.
¡Que mala suerte!
FIN.
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